Jason Vandryes
Y fue Germán el que una tarde consiguió desencallar el asunto.
– ¿Y que clase de sitio es ese?
– ¿Cómo que qué clase de sitio es?
– Si, es un palacio, una casa, una fábrica…
– Bueno… – ¿Y que clase de sitio es ese? Tenía razón, estaba tan obsesionado con el código que me había olvidado de que la habitación en sí también es interesante. – Es un dormitorio. – Mierda, claro, ¡es un dormitorio! ¡Debe haber una casa a su alrededor! Inútil, ¿porqué no lo has pensado antes?
Germán, que había observado mi cara mientras, se puso a reír.
– ¿Y que idea se le ha ocurrido al científico loco?
– ¡Es una casa! ¡Debe haber más cuartos!
Puse a trabajar de inmediato las arañas y efectivamente encontraron lo que debía ser una puerta. Los escáneres mostraban más huecos. Me hubiese dado de golpes contra la pared por inútil si no hubiese estado tan excitado con el nuevo descubrimiento. Puse a las arañas a trabajar de inmediato. No tardaron en abrir un agujero y entraron en lo que parecía un pasillo ¡con una estantería llena de blocs! Puse de inmediato a una araña a escanear toda la estantería mientras la otra exploraba el pasillo. Había varias puertas abiertas que fui explorando una tras otra. La primera daba una a un cuarto pequeño y sin ventanas, que parecía un almacén. No encontré más blocs, pero había muchos objetos variados que podría explorar más tarde. La segunda daba a un cuarto con una especie de asiento, aunque la parte trasera no se podía ver porque la pared se había hundido y todo estaba cubierto de escombros. Volví a salir al pasillo para probar en la siguiente puerta. No hubo forma de moverla, detrás debía haber escombro y para abrirla habría primero que retirarlo. Así que me dirigí a la siguiente puerta.
La araña entró en un gran cuarto. La habitación era como la cueva del tesoro. Había blocs por todas partes. Varias estanterías llenas, blocs sobre mesas y sobre el suelo. Una verdadera mina. La araña comenzó inmediatamente a escanear y Lisa comenzó con la recogida y análisis de los datos. Cuantos más textos analizásemos, más probabilidades de encontrar la clave que nos permitiera descifrar el código.
Dejé a las arañas y a Lisa trabajando y me dirigí a Germán. Cuando me acerqué, levantó la cabeza del holo que estaba mirando. En los últimos días se había aficionado a mis holos de ciencias. Supongo que estaba recuperando el tiempo perdido en su formación.
– ¿Has encontrado algo interesante?
– Sip. Te debo una.
– ¿Y cómo podrás pagarme? Mi equipo ya está completo. – ¡Esa sonrisa!
– Que estás bien equipado ya lo sé. – Mereció la pena decirlo sólo para ver como se ponía colorado. – Pero hay algún servicio que podría realizar, ya sabes, pago en especie.
– Pues no se que podrías hacer. – De nuevo puso cara de inocente, pero sus ojos delataban su pose.
– Esta noche cocino yo. – Esta vez la cara fue de sorpresa: ojos y boca abierta. – ¿No te parece bien? – Ahora era el turno de hacerme yo el inocente.
– Bueno, me esperaba algo más por una idea tan buena.
– ¿¡Que!? ¿No te gusta mi cocina? ¿Para eso te preparo las recetas de la abuela, para que digas que no te parece suficiente? – dije con aire de falso orgullo herido.
Como vio que se había metido en un jardín del que no podía salir, se levantó, me abrazó y me dio un beso que me dejó mareado. Con besos como ese, no me importa que critique mi cocina. Finalmente hice la cena y no tardamos en acabar haciendo un ensayo de aguante del colchón.
…
El segundo día Lisa encontró la clave. Entre los muchos libros con lo que parecían listas de palabras explicadas, se encontraba un libro en el que se incluían imágenes con varias palabras debajo. Cada palabra o dos palabras estaban en una línea y pertenecían a uno de los grupos de textos que Lisa había deducido. ¡Las imágenes explicaban las palabras! Al principio hubo que ir con pies de plomo, porque no estaba claro a que parte de la foto se refería la palabra, pero poco a poco Lisa fue construyendo una base de palabras que permitía ver los significados. Esto permitió entrar a estudiar los libros con listas de palabras: ¡finalmente el código estaba en mis manos! Ante mi se abría un abismo de conocimiento, una civilización entera me revelaba sus secretos.
Los objetos se llamaban «libro/book/Buch» etc. en diferentes idiomas. Si, la «biblioteca» incluía diferentes idiomas e incluso «diccionarios» que explicaban las palabras de un «idioma» en otro. Inicialmente concentré el trabajo de Lisa en el estudio de los «diccionarios». Era al demostración clara que habían existido diferentes modos de expresión, ininteligibles entre sí. Increíble. Gente que vivía a pocos kilómetros de distancia no habría podido comunicarse. Absurdo, pero fascinante. Los diccionarios contenían datos sobre diversos idiomas. Doce o más formas distintas de comunicarse. Cuanta ineficiencia. No me extraña que la gente tuviese en casa tantos diccionarios, no creo que mucha gente fuese capaz de mantener esa cantidad de información en la cabeza sin ayuda de un ordenador. ¿Y que haces cuando te encuentras en la calle con alguien de otro idioma? No me imagino a toda la población con una mochila llena de diccionarios, por si se encuentran a alguien que habla otro idioma. Hay que reconocer que algunos son bastante parecidos, como el español, el português y el italiano, pero aún así.
– Germán, ¿te quieres creer que hablaban varios idiomas diferentes? – Le comenté una tarde durante la cena.
– ¿Idiomas? – Respondió.
¿Y como se lo explico?
– Idiomas son como, como, otras formas de decir lo mismo… – No está funcionando – Sabes que los de Lena hablar raro, con un acento propio, que no hay quien los entienda, y palabras raras. Pues imagínate que hablaran con un acento tan cerrado y palabras tan raras que no los entendieses de verdad, ero ellos si se entendiesen entre sí.
– ¿Y por que iban los de Lena o de cualquier otro planeta a hablar algo para que no los entendiesen? ¿No se supone que hablar es para entenderse?
– Si, bueno, todavía no he descubierto porqué lo hacían. Se me ha ocurrido que así precisamente se podrían mantener las comunicaciones de grupos enemigos en secreto, pero si ese era el caso, no creo que los diccionarios tuvieran mucho sentido.
– Últimamente parece que hablas uno de esos idiomas para que nadie te entienda. ¿Que es un diccionario?
– Son libros con listas de palabras en las que se explica lo que significan esas palabras.
– ¿Y lo explican con otras palabras? ¿Cómo saben que las palabras para explicar las palabras no son desconocidas?
– No sé. La verdad es que debe haber mucho que no sabemos. No creo que dedicasen tanto esfuerzo a no entenderse sin una buena razón. Supongo que según Lisa vaya descifrando y descubriendo más libros, sabremos más.
– Estos antiguos estaban como una regadera.
Nuestro footing matutino se había ido convirtiendo poco a poco en un juego del escondite. Germán estaba en mucha mejor forma que yo y le aburría acompañarme, así que comenzó a hacer pequeñas excursiones para acabar volviendo a donde yo estaba corriendo. Yo intentaba descubrir de donde vendría antes de que él me pillara por sorpresa. La guerra de ingenios fue aumentando, él usando su modificación para pasar desapercibido y yo usando mi entrenamiento y los sensores para descubrirlo. Conseguí afinar mis sentidos hasta tal punto que podía decir con los ojos cerrados donde estaba. Reconozco que no era mucho mérito, por que gran parte lo hacían Lisa y los sensores, ya que Germán no podía ocultar completamente su presencia.
De todas formas era impresionante lo que Germán podía hacer. A parte de moverse en el bosque como una mezcla de cabra y mono, podía regular su temperatura superficial, ocultándose a los detectores de infrarrojos, a veces simulando la huella térmica de algún animal para deshacerse del exceso de calor. El color de la piel también cambiaba como la de un camaleón, adaptándose a los colores y los juegos de luces y sombras de su alrededor. Silencioso, a penas se le oía cuando corría y no resoplaba al respirar, al contrario que yo, que iba anunciando al bosque mi presencia con algún kilómetro de adelanto. Pero sobre todo, ver moverse por el terreno a Germán era un placer. Ágil, elegante, seguro, cada músculo haciendo el movimiento preciso y adecuado, sin excesos.
¿Que va a decir alguien que está enamorado? Si, se me caía la baba cada vez que lo veía sonreír. Y disfruté de ese sentimiento cuanto pude. Sabía que algún día tendríamos que salir de nuestro pequeño paraíso, aunque sólo fuese porque había que ir a visitar a mi familia, pero procuraba no pensar en ello. Todo lo que necesitaba estaba «aquí y ahora», para qué pensar en el mañana.
Tras el ejercicio y la ducha, tocaba trabajar. Lisa no avanzaba en el descifrado de los textos y eso me tenía un tanto mosca. Después de haber hecho el descubrimiento del siglo, me había quedado encallado. Había conseguido algún avance, como la suposición de que los signos representaban algún tipo de sonido y se agrupaban en «palabras». Estuve tentado de poner sonidos aleatorios para cada signo y así poder leerlos, pero Lisa me mostró que existían claramente frecuencias distintas para los distintos signos dentro de un texto, aunque no coincidían con las frecuencias de los sonidos del lenguaje. También había conseguido agrupar los códigos en sistemas diferentes, coherentes internamente, pero claramente distintos a los demás, a pesar de que las similitudes entre algunos códigos eran sorprendentes.
El escáner mostraba que las tarjetas de celulosa estaban agrupadas en montones unas sobre otros. Al parecer, en su momento, se habían unido entre sí para formar «blocs», lo que hacía suponer que cada bloc formaban un único mensaje coherente. Cada uno tenía código en la primera página, que supuestamente debía dar información sobre el interior. Por ejemplo, uno decía «Le Livre de Poche Tolkien Le Hobbit», otro «Stephan Niederwieser Denn ich wache über dein Schlaf Roman» y un tercero «Hannah Arendt Prólogo de Salvador Giner LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO Alianza Editorial». Todas las primeras páginas tenían imágenes que se habían conservado más o menos. Por ejemplo, el primero que he mencionado tenía un monstruo con alas, por lo que supuse que sería algún tipo de leyenda o relato fantástico. Así, poco a poco, fui haciendo una clasificación de lo que yo suponía que contenían, aunque no podía tener ninguna seguridad de haber acertado.
Y a pesar de todo, no podía descifrar nada y eso me traía de cabeza. Una posible solución sería una decodificación a fuerza bruta, pero el número de blocs no era suficiente. Ni Lisa, ni los ordenadores de la Universidad, posiblemente ni los de toda la federación hubiesen tenido la suficiente capacidad. Así que no me quedó más remedio que seguir explorando y rezar para que en algún lugar apareciese una clave para descifrar el sistema.
…
Esa noche, tras la cena, estuvimos hablando largo y tendido, a la luz de la luna, acurrucados en la hamaca. Supongo que yo estaba intentando sacar mi frustración a base de darle la lata. Él aprovechó mis ganas de hablar para preguntar sobre mi vida.
– No me has contado gran cosa sobre ti o sobre tu familia.
– Bueno, no hay mucho que contar.
– Esto seguro de que tienes una familia estupenda.
– Bueno, si, pero eso no es nada extraordinario… – Ups, metedura de pata.
– Para mí si lo es, ya sabes que yo no tuve ninguna. – No lo decía yo… Ahora te toca arreglarlo.
– Bueno, ya sabes que vengo de Nandi. Supongo que habrás oído hablar del planeta de los usureros y otras gentes de poco fiar. – Sonrió. – Mi familia pertenece al gremio de los comerciantes y no nos va mal.
– Se nota, un equipo como el que tienes aquí no se lo puede permitir cualquiera.
– Un pequeño detalle de mi abuela, la líder del clan o «la vieja bruja» como la suelen llamar cuando casualmente no está delante. Confieso que soy su nieto favorito y eso tiene algunas ventajas.
– ¿Te ha criado tu abuela?
– ¡No, que va! Mi abuela no tiene tiempo para esas cosas. Me criaron mis madres.
– ¿Tienes dos madres? – Me tuve que reír.
– En los clanes de comerciantes los niños son criados por grupos de mujeres que van cambiando, entre los que habitualmente está la madre biológica, pero no necesariamente. Las mujeres tienen así mucha más libertad para seguir sus obligaciones e intereses sin estar encadenadas a su hijo.
– ¿Pero tu padre?
– ¿Que le pasa?
– Bueno… ¿sabes quién es?
– Si claro, pero no he tenido mucho contacto con él. En los clanes los hombres habitualmente están de viaje de negocios o en otros planetas, en las oficinas de intereses. Vuelven regularmente a casa, dependiendo de si están enamorados de alguna mujer. Si tienen alguna relación con una mujer de fuera del clan suelen volver para criar a sus hijos en Nandi y más tarde vuelven al trabajo.
– Suena complicado.
– Bueno, en mi caso funcionó. – Le hice un guiño.
– De eso ya me he dado cuenta. – Dijo, bajando lo ojos en una mirada apreciativa. Se me puso una sonrisa de oreja a oreja. – ¿Y como es posible que ningún primo se haya dado cuenta de la joya que estaba creciendo a su lado? – Le di un beso.
– Ya me tienes conquistado, no hace falta que exageres.
– ¿Quien dice que exagero? – Mejor cambiar de tema.
– Contestado a tu pregunta, si hubo algún «experimento» con algún primo, pero nada serio. Nadie que me interesara. A pesar de que los comerciantes son bastante liberales, ya sabes que la homosexualidad no está bien vista en ninguna parte.
– Pues no, no lo sabía, ya sabes que no tengo mucho mundo. – Ups. Otra metedura de pata. Bueno, tendré que dejar de pensar en meteduras de pata, porque si empiezo a vigilar como hablo, voy a acabar por parecer insincero o, lo que es peor, por serlo.
– Pues créeme, no está bien visto en ninguna parte. Pero entre los comerciantes por lo menos miran hacia otra parte mientras se sea discreto… o se tenga dinero, claro.
– Así que tengo un novio rico… ¿mmhhh? – Me reí de nuevo.
– Bueno, mi familia tiene dinero. Yo tengo una abuela que me quiere mucho. – De momento mejor no le voy a contar que la abuela de hecho no sólo es la que gobierna el clan, sino todo el planeta, aunque sea de forma indirecta, y que sus tentáculos se extienden por todo el sistema estelar e incluso a la capital federal.
– Y ahora además tienes un esclavo a tus pies.
¿Pero como no voy a querer a un zalamero como este?
Poco a poco los topos se iban acercando al hueco detectado. Por experiencia sabía que no podía abrir un agujero en la pared y entrar a mirar. Había desenterrado suficientes objetos para saber que algunos elementos reaccionaban con el aire, convirtiéndose en polvo a los pocos minutos de ser desenterrados. Ocurría sobre todo con las láminas de celulosa impresas de vivos colores. Así que hacía días que no hablaba de otra cosa que de los preparativos para explorar el interior. Germán se sabía de memoria mis planes y con paciencia de santo escuchaba por enésima vez como iba a entrar, explorarlo todo y hacerme famoso en la galaxia.
Finalmente llegó el día. Los topos habían realizado una perforación de unos diez a quince centímetros de diámetro de la última capa y habían colocado una exclusa, que permitía entrar a la araña en una cámara intermedia antes de entrar en el hueco. Germán y yo estábamos sentados delante del holo, impacientes, esperando que el interior de la esclusa quedara quedara llena de nitrógeno, un gas inerte que no produciría problemas. Yo naturalmente, y sin que lo supiese Germán, estaba conectado directamente con la araña y me encontraba delante del holo simplemente para ocultar el hecho. Germán sería el amor de mi vida, pero lo era sólo desde hacía unos días. Ya habría tiempo para contarle lo de la conexión.
Cuando el diafragma se abrió, la araña se acercó al extremo de la exclusa y obtuvimos la primera imagen. Evidentemente todo estaba muy oscuro y la araña empleó sus sensores para evaluar el cuarto, porque era eso lo que habíamos descubierto. Los focos permitían ver un círculo iluminado en el que a penas se distinguía gran cosa en la visión en 2D que nos era transmitida, pero fue suficiente para ver una habitación cuadrada cubierta de una espesa capa de polvo gris. Tuve miedo de que los movimientos de la araña levantaran polvo y nos impidieran ver alguna cosa, pero un rápido cambio en la programación lo evitó.
En el centro de la habitación, pegada a la pared, había una extensa tarima, con una altura de unos 50 cm. Parecía una cama. A los lados había dos pequeños cajones. En frente había otro mueble grande, con lo que parecían paneles cuadrados delante. ¿Eso es todo? Se me fue el alma al suelo.
Germán debió darse cuenta, porque me rodeó con su brazo y me dijo:
– No te dejes engañar por la primera impresión. Seguro que hay cosas interesantes que descubrir. Estoy seguro que sabrás exprimir hasta la última gota de información del polvo ese que se ve, aunque tengas que torturarlo para que confiese.
Y se rió. Me giré a mirarlo con una amplia sonrisa. Germán siempre conseguía hacerme sonreír, aun a mi pesar. Tiene razón, si me esperaba un éxito fácil, he elegido la profesión equivocada. Habrá que esperar a que la araña termine de escanear el hueco. Le di un beso y me concentré de nuevo en el holo.
Poco a poco fueron surgiendo detalles. Los muebles estaban hechos de una mezcla de madera y plástico y parecían estar huecos, a excepción de la cama claro. A la izquierda de la cama parecía haber una pequeña montaña de polvo. Germán fue el primero en verlo. Señalando con el dedo dijo,
– ¿Crees que habrá dos zapatillas debajo de ese montón de ahí? – No, unas zapatillas no me van a llevar a la gloria…
– Vamos a ver. – Hice como que daba algunas ordenes a Lisa y la araña se dirigió hacia el montoncillo.
Efectivamente había algo debajo del polvo, pero no eran unas zapatillas. Mi pulso comenzó a acelerarse. Díme que se han olvidado una corona piedras preciosas en el suelo… Ya veo los titulares: «Arqueólogo encuentra tesoro perdido». No te lo crees ni tu. No caerá esa breva. La araña comenzó a escanear el montón. ¡Bingo! De esta voy a publicar en las mejores holorevistas del planeta o puede que del grupo local, quizás hasta de la federación. Un montón de tarjetas de celulosa impresa y esta vez no se iban a deshacer antes de que pudiera estudiarlas. Di un salto de alegría y me puse a saltar y bailar alrededor de Germán.
– ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué has encontrado?
– ¡Son tarjetas de celulosa!
– Y son importantes porque… – dijo con cara de expectación.
– ¡Tienen imágenes!
– Y eso es importante porque… – me estaba hablando como a un niño de cinco años. En mi excitación no me había dado cuenta que él no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
– Hasta ahora no he podido estudiar las tarjetas de celulosa. Cada vez que descubro un retazo, a los pocos minutos se desintegra. Además hasta ahora sólo había encontrado algunos pedazos que no dejaban más que entrever las posibilidades que tienen esas tarjetas. Y ahí parece que hay unas cuantas como nuevas. Bueno, conservadas. Y voy a tener tiempo de estudiarlas con tiempo.
– Ah, bueno, es un nuevo tipo de objeto que podrás estudiar.
– No, no. No me explico. ¿Recuerdas los plásticos cubiertos de imágenes de colores? Vengo sospechando desde hace algún tiempo que los pequeños simbolillos que aparecen en los plásticos son portadores de significado. Pero los plásticos no me dan suficiente cantidad de elementos para estudiar su significado. La mayoría parecen textos rituales que se repiten una y otra vez. No tienen variedad. Tengo la corazonada que las tarjetas de celulosa podrán darme la clave de ese código. La celulosa es más fácil de producir y por tanto barata que el plástico, así que es muy probable que fuera el principal soporte para dibujar los simbolillos. Posiblemente ese montón tenga suficiente información para decodificar todo el sistema. ¡Será como si esa gente nos estuviera hablando!
– ¿Y ser tan listo duele? – Dijo con un aire de inocencia que olía a chunga por los cuatro costados.
Aaarrgghhh. Me lancé sobre él e intenté tirarlo al suelo para hacerle pagar cara su burla. Naturalmente no tuve mucho éxito, porque era bastante más fuerte que yo, aunque yo fuera más hábil en la lucha cuerpo a cuerpo. Entre risas y revolcones acabamos haciendo el amor.
A la mañana siguiente, me desperté solo en la cama. ¿Dónde está? Lo habré soñado. No, lo recuerdo bien. Creo. ¿Se habrá asustado? ¡Que no se haya asustado! En ese momento oí el ruido del retrete y una enorme sonrisa se formó en mi cara. Que enseguida se tornó dubitativa. ¿Y ahora que? Estamos en terreno nuevo. Nunca he tenido una relación. Esto tampoco es una relación. Esto todavía no deja de ser una aventura de una noche. ¿Estás seguro que él siente lo mismo por ti que tu por él? Bueno, que no le doy asco lo demostró ayer. ¿Me tomará por ligero de cascos? No es que pusiese mucha resistencia. ¡Aaarggh! ¡Deja de pensar! Al cabo de un momento Germán salió del baño mostrando palmito y algo más. Me sonrió tímidamente y se metió entre las sábanas hasta llegar a mi. Me abrazó y recostó su cabeza en mi pecho. Yo estaba en la gloria. Con que poco se puede ser feliz. Un simple abrazo es todo lo que necesito. Me quedé un tanto adormecido, abrazado a él, sintiendo el calor de su piel.
– Yo no lo elegí. – Dijo muy bajito. No entendí a qué se refería, hasta caí en su modificación. – Lo hicieron todo cuando era un niño. De hecho, me seleccionaron en el orfanato porque mi código genético era más fácil de modificar.
Lo abracé más fuerte. Podía sentir sus lágrimas en mi pecho.
– ¿Cual es tu modificación?
– Vaya, ¿tu varita mágica no te ha revelado cual es la modificación? – dijo con una sonrisa amarga.
– No tienes porqué decirlo, no cambiará lo que te quiero. – Mi corazón comenzó a palpitar un poco más rápido. Vaya, ya está dicho. Espero que no se asuste. Noté que dudaba. Levantó la cabeza.
– Acabo de oír como me decías que me querías. Debe haber un eco extraño por aquí. – Grandes ojos llenos de lágrimas me miraban fijamente. Pude leer en ellos duda, incredulidad, tristeza, pero sobre todo, esperanza.
– Yo también lo he oído, así que debe haber salido de mi boca. Te quiero.
Se abrazó a mi con más fuerza, mientras ocultaba su cara en mi pecho. Comenzó a llorar a grandes sollozos que sacudían su cuerpo. Vaya éxito… ¿Que le habrá pasado? Un llanto como ese es señal de mucho dolor. Mejor que se desahogue, ya hablaremos más tarde. Mientras lloraba entre mis brazos, le acaricié el pelo y traté de mostrarle algo del cariño que sentía por él. Al cabo de un rato dejó de llorar y se quedó quieto, casi dormido. A mí se me había dormido el brazo, así que al tratar de cambiar un poco de posición levantó de nuevo la cabeza y me miró con ojos enrojecidos. Aún con los ojos rojos y la cara de llorar está hermoso. Le di un beso tierno.Nos volvimos a apretujar y comenzó a contarme su historia.
Lo habían sacado del orfanato a los seis años. No recordaba mucho de esa época, pero sí que la residencia de los udistas era mucho mejor, con sus limpias habitaciones e interminables pasillos. Pronto tuvo que aprender que los demás niños eran tan crueles en la residencia como en el orfanato, simplemente eran mucho más sofisticados. Aprendió rápido y, como era de los más fuertes de su grupo, no tuvo demasiados problemas, aunque desde el principio fuera un cuerpo extraño entre ellos: nunca llegó a integrarse del todo.
De la operación no se acordaba a penas. Sólo que la convalecencia posterior fue horrible y duró varios meses. Después de que desapareciesen los dolores y las náuseas, pudo reintegrarse a las clases y los entrenamientos. A partir de ese momento se le clasificó como «cazador» y pasó a pertenecer a un «clase» de alumnos que tenían su propio dormitorio y plan de estudios. Los cazadores eran soldados previstos para la lucha sobre todo en zonas boscosas y primitivas, así que gran parte del entrenamiento era de lucha y supervivencia. A los doce años ya sabía como sobrevivir sin ayuda en una selva y a los catorce podía cazar animales como un conejo o una perdiz con sólo sus manos.
En general, consideraba que habían sido años tranquilos, aunque solitarios. Nunca llegó a conectar del todo con los demás. Contemplaba lo que ocurría a su alrededor con distancia y de forma muy crítica. Sobre todo lo las enseñanzas morales y religiosas le producían mucho escepticismo, cuando veía que aquellos que debían ser su ejemplo, los profesores, los sacerdotes de Uda, eran los peores de todos, maltratando a los niños e incluso abusando de algunos. Él se libró porque nunca había sido un niño guapo y se desarrolló pronto, dejando atrás la niñez rápidamente. Luego, durante la adolescencia, tuvo problemas con el acné, posiblemente agravados por la modificación. Así que pasó desapercibido y lo dejaron en paz, con excepción de la ocasional burla de los demás alumnos, que se encargaba él mismo de cortar. Fue durante esta época cuando comenzó a descubrir su atracción por los hombres. Muchos de los alumnos tonteaban entre sí, llegando incluso al sexo, pero él no se atrevía porque sabía que hubieran podido descubrir su secreto y es posible que en ese caso no hubiese sobrevivido.
Finalmente los monitores reconocieron que no podrían hacer de él una máquina de matar, por lo que lo enviaron a la Tierra a terminar su formación como guardabosques. Era una forma de exilio, de castigo por no haber cumplido las expectativas. Se lo hicieron saber de cien formas sutiles, mostrando su desprecio tanto e la escuela, como más tarde en Sboa.
La sociedad de Sboa tampoco le dio la bienvenida. Allí se reunían fracasados, fanáticos y algún funcionario que pretendía hacer carrera llevando las reglas religiosas al paroxismo más absurdo. Una mezcla de la que huyó explorando los bosques de los alrededores y aislándose de los demás. Cuando, por una infracción menor del código, cayó bajo las garras de un burócrata ambicioso, no hubo quien la ayudase y finalmente fue encargado de explorar el continente por su cuenta, es decir, una sentencia de muerte mal disimulada. Le dieron algún equipo y le dijeron que volviese en un año para renovarlo, una conveniente excusa para declararlo muerto si al año no volvía.
Pasó el otoño y el invierno explorando. La mayor parte del invierno lo pasó cerca del Mar Interior, donde las temperaturas eran algo menos severas, pescando y cazando. Al comienzo de la primavera se dirigió al norte, siguiendo el curso de un gran río, para más tarde dirigirse hacia el este. Hacía unas semanas había descubierto una gran fumata, que lo había llevado hasta mi. La fumata era seguramente el gran fuego que hice para limpiar el área de la excavación. Era el sistema más simple, aunque no sin peligro, a pesar de que Lisa lo había calculado todo al milímetro.
– Estuve dos semanas vigilándote – Su voz sonaba algo avergonzada.
– ¡Así que fuiste tú! ¡Lo sabía!
¡Por Uda! ¡Estuvo varias semanas observándome y no conseguí detectarlo! Todos mis sistemas y mi entrenamiento no sirvieron de nada. Si los udas están creando un ejército de soldados como él, nadie en la Galaxia estará a salvo. Y eso sólo son los cazadores, quien sabe que otras modificaciones tendrán. No es una buena señal.
– El día que me descubriste estaba tan maravillado admirándote que cometí un error e hice algo de ruido.
– ¡Engatusador! Lo que pasa es que soy demasiado bueno y no se me escapa nada.
– ¡Ahá! Además de estar bueno, es modesto. – Respondió con una sonrisa de sátiro. ¡Que bello que es! ¡Me estoy excitando sólo de ver esa sonrisa!
Ese día perdí la cuenta de las veces que hicimos el amor. ¡Había que recuperar una adolescencia perdida!
No sé si la mandíbula se me cayó antes o después del beso, pero pude cerrarla lo suficiente para decir,
– No entiendo.
– Pues yo te lo explico…
Y volvió a besarme. Tras superar el susto, mi cuerpo tomó el mando y respondí a su beso con pasión. ¿Puede ser? Esta vez no lo estoy soñando. Sus labios cálidos y suaves acariciaron los míos. Su lengua cosquilleó mis labios, que se abrieron para recibirlo. Podía sentir su cuerpo abrazado al mío, su calor, su olor. La suavidad de su pecho. Sus brazos acariciándome, apretándome contra él. Me dejé ir, ni siquiera se me ocurrió resistirme o que no fuera eso lo que debía hacer. Dejé de pensar. La pasión hizo que todo ocurriese demasiado deprisa.
Nos fuimos hacia mi tienda. Hechos un nudo de brazos y piernas. Tropezando y recogiéndonos. Dejando un rastro de ropa por el camino. No llegamos a la cama. Hicimos el amor en el suelo de la entrada. Lo hicimos como nunca lo había experimentado: hermoso, grande, sublime, en trance. Elevándonos rápidamente hacia la cumbre, desde la que gritamos a los cuatro vientos nuestro amor. Nos tensamos como cuerdas de arco antes de corrernos y caer agotados.
Acostados uno encima del otro, me dio un ataque de risa, algo histérica. Supongo que era una forma de descargar tensión. Lo contagié y acabamos retorcidos de la risa en el suelo, haciéndonos cosquillas el uno al otro, intentando ganarle la mano al otro para robarle un beso. Beso que nos llevó, esta vez sí, a la cama. Donde repetimos el amor despacio, explorando, aprendiendo, acariciando. Finalmente me dormí en sus brazos, con la cabeza en su pectoral, la almohada más hermosa sobre la que jamás haya dormido… ¡y con calefacción incluida!
Los siguientes días creo que fueron de los más felices de mi vida. Entramos en una rutina que consistía en levantarnos temprano, salir a correr, desayunar e ir a la excavación. Poco a poco le fui explicando algo de mi trabajo, de la ciudad que se encontraba enterrada a nuestros pies y él fue aprendiendo con sorprendente rapidez. Por las tardes, volvíamos al campamento y nos dedicábamos a arreglar y reponer su equipo y el mío, a charlar, a reír y a cenar. Conseguimos rehacer su equipo por completo e incluso añadir algunas cosas nuevas que pudieran serle útiles.
De vez en cuando me encontraba pensando sobre Germán y lo vacío que iba a estar todo cuando se fuera. Intentaba alejar esos pensamientos, pero él se había convertido ya en parte inseparable de mi vida. Finalmente tuve que reconocer lo evidente: que estaba enamorado. Y no necesariamente de su aspecto físico, sino de la persona inteligente y sensible, que irradiaba una alegría que lo hacía irresistible, rodeándolo como un aura, convirtiéndolo en el centro de lo que ocurría a su alrededor, pero cuya radiación me estaba matando poco a poco. Un amor no correspondido. Ese es el destino la mayoría de los amores y, por lo que parecía, del mío también.
Inicialmente intenté distraer esos pensamientos con el trabajo. Dediqué los topos un poco más a rastrear a lo ancho, en vez de a alcanzar el hueco, así obtenía más restos para analizar. Pero finalmente comencé a retraerme, a hacerme más taciturno, a evitar su proximidad. No podía soportar el pensamiento del daño que podía llegar a hacerme. El rechazo que esperaba ver en sus ojos cuando descubriera mis sentimientos, seguro que iba a ser lo bastante intenso para provocarme una reacción física. Así que poco a poco fui alejándome internamente de él. Hacia afuera la actitud tomaba el aspecto de melancolía. Hacia adentro, estaba quedando un hueco donde antes había estado yo, con sólo la piel recubriéndolo.
Germán al principio sólo miraba un poco extrañado mis cambios de humor, pero no decía nada. Con los días se dio cuenta que algo fundamental había cambiado, que yo no era el mismo. Intentó animarme y hacerme reír. ¿Cómo no iba a querer a un hombre que hacía cabriolas con tal de verme reír? Pero precisamente, cuanto más me daba cuenta de lo maravilloso que era, más sentía la necesidad de retrotraerme, de protegerme.
Una noche, durante la cena, abrió el tema preguntando:
– ¿Diego, que te ocurre? ¿Por qué estás tan triste últimamente?
La verdad es que me pilló un tanto por sorpresa y sin explicación preparada. Deberías haber imaginado que antes o después iba a preguntar. A ver si con una respuesta vaga se da por contento.
– No es nada, no te preocupes, ya se pasará. Son temporadas que tengo.
– Soy yo, ¿verdad?
Esta pregunta si que me sorpendió. ¿Se habrá dado cuenta? ¿He estado observándolo con demasiada insistencia? Ahora es cuando me arranca el corazón. Mi cara debió revelar mi pánico, porque inmediatamente lanzó con una violencia inesperada,
– ¡Lo sabía! ¡Y yo que pensé que eras diferente! – Su cara se puso pálida y tensa, y las venas del cuello se le hincharon – ¡Yo no tengo la culpa! ¡Nací así! ¡Nadie me preguntó! – Y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Estaba tan concentrado esperando el golpe, que inicialmente no entendí lo que estaba diciendo.
– ¿¡Crees que yo hubiera elegido ser así!? Pero así es como soy y no puedo ni quiero cambiarlo, así que, si no vas a aceptarlo, será mejor que me vaya.
Se levantó con tal violencia, que tiró la silla en la que estaba sentado y parte de la comida sobre la mesa acabó en el suelo. Tardé algo en reaccionar, pero me levante y corrí hacia él, tomándolo del brazo.
– ¡Espera! ¿De qué estás hablando?
Cuando se giró, dos lágrimas bajaban por sus mejillas.
– No te hagas el tonto. Sé que sabes que estoy modificado. No sé como lo has descubierto, pero sé que es así.
Del alivio me puse a reír.
– Nunca pensé que serías tan cruel conmigo. – Respondió con voz muy baja e infinitamente triste.
Sentí como si me hubiesen dado una bofetada.
– ¡No! – Grité – Claro que sé que estás modificado. Y eso no me importa lo más mínimo. – Le dije con una gran sonrisa.
– Entonces ¿porqué me rehuyes? ¿porqué te alejas de mí? No me mientas. Si no es que estoy modificado ¿porque es? Teníamos una bonita amistad…
– Germán, no eres tú, soy yo. Hay… cosas que no consigo superar. – ¿Como se lo explico sin revelarle que estoy hasta los tuétanos por él?
– Que soy un modificado…
– ¡Quieres dejar de repetir eso! – Dije con impaciencia.
– ¿Te avergüenza? No eres mejor que los demás.
La ira subió desde los pies como un volcán en erupción. Todas las emociones que había estado embotellando para que no me hiciesen daño rompieron el dique y se extendieron por mi cuerpo como surgiendo de una fuente radiactiva. Sentí que mi cara se encendía y mis puños se cerraban.
– ¿Que tengo que hacer para demostrarte que no me importa? – Grité – ¿Confesarte mi amor? ¿Es eso lo que quieres oír? ¿Que estoy colado por tus huesos? – Y me quedé con la boca abierta a media frase ¡Uda! ¡Que he dicho! ¡Acabo de confesarle que le quiero! Como siempre, hablando antes de pensar. Hay que reducir daños. ¿Ahora cómo arreglo esto?
Nos quedamos callados los dos por lo que pareció una eternidad. Él con cara de sorprendido y yo con cara de gilipollas. Le digo que es una broma, que sólo es un ejemplo retórico, que en realidad me cae muy bien, pero que amor amor no es. ¡Miente! ¡Miente como un bellaco! Y mientras yo estaba pensando en como arreglarlo, Germán, con una sonrisa de oreja a oreja, preguntó,
– ¿En serio? ¿Te gusto?
Mi cerebro se quedó en blanco. Tut, tut, tut, tut… Le acabo de confesar que soy homosexual, que estoy enamorado de un hombre y además que ese hombre es él… y no ha habido golpes todavía ¿Porqué tengo la sensación de no sólo no le importa, sino que se alegra? Estás alucinando. Debe ser la ira, que me hace alucinar. La sonrisa sólo es de sorna y desprecio. ¿Le digo la verdad? No le puedo mentir. A él no.
Con voz muy baja y cansada, mirando al suelo, le contesté,
– Si.
Me di la vuelta despacio para volver a la tienda y encerrarme a llorar hasta que no me quedasen ojos, pero Germán me cogió del brazo, me giró de nuevo hacia él, me tomó la cara con sus manos y me plantó un beso en la boca.